EL PROCESO DE ACTUALIZACIÓN DE LA KABALÁH
Ione Szalay
HINÉNI

“Al ser narrado, el milagro adquiere nueva fuerza.
El poder que en un determinado momento fue activo, se propaga por medio de la palabra viva y continúa siendo activo, incluso después de varias generaciones”.[1]
A esta altura y habiendo comprendido el desafío que plantea hoy el estudio de la Kabaláh podríamos pensar que ella es, precisamente una sabiduría de la complementaridad. Rica en contradicciones, la Kabaláh es tensión y lucha, la aceptación y la rebeldía van juntas. Conformando así una unidad dinámica y viva.
INTEGRACIÓN COMO ACTUALIZACIÓN
Toda sabiduría ancestral debe ser actualizada, contemporáneamente, por cada estudiante.
El proceso de actualización y renovación, tan controvertido por cierto, es llamado en la Kabaláh jidúsh, palabra que proviene de jadásh, lo nuevo.
Este proceso de actualización tiene sus fundamentos en la Creación misma. En este sentido, Dios renueva cada día la Creación, eternamente.[2]
Creación y re-creación van siempre juntos en todo proceso creativo. De igual manera, el ser humano puede vivir cada día como el primer y último día de su vida.
Esta renovación de la naturaleza y de la Creación se opera recíprocamente en la historia. La historia se renueva, se resignifica y se actualiza.
Así, la Creación es un proceso que es completado por el ser humano, ya que somos imagen y semejanza del Creador, es decir, seres creativos.
La creatividad tiene un rol fundamental en el proceso de actualización. Basta decir, que en hebreo –ser creativo– se dice igual que –estar sano– (briút).
Este proceso que se opera en la naturaleza y la historia el kabalista lo identifica con la actualización de la Toráh. Pero esta actualización no es una negación o una exclusión de la tradición ni las jerarquías ya establecidas, sino su integración y trascendencia.
Jerarquías u holarquías, plantean un dilema filosófico contemporáneo.
Todas las secuencias de desarrollo evolutivas proceden por jerarquización o por un orden creciente. Átomos, moléculas, células, órganos, sistemas de órganos, organismos, sociedades de organismos, etc.
Estas redes jerárquicas se despliegan de manera secuencial, por niveles o estadios, lógicos y cronológicos. De tal manera que las estructuras más “holísticas” o unificadas deben esperar la emergencia de las partes que las integrarán.
Como lo muestra el gráfico cada nuevo estadio implica al anterior.
Cual sea la importancia del estadio previo, el nuevo estadio ya lo tiene incorporado en su interior pero además representa un estado más elevado de conciencia.
La trascendencia de la actualización supone ir a lo profundo de la tradición misma y, al mismo tiempo, más allá de la tradición.
Esto debe ser aclarado, ya que trascender no es negar, sino incluir en un nuevo orden más universal.
De tal manera se podría pensar que la Toráh (la Ley) le brinda al kabalista la materia prima con la cual éste puede trabajar. Erróneamente uno podría creer que supera la obra primitiva, pero de esta manera olvidaría que sin ella la actualización misma no tendría sentido alguno.
Por consiguiente podemos afirmar que la renovación actual de la Kabaláh ya estaba pensada en el plan divino, desde el principio de la Creación.
A través de esta renovación el ser humano se transforma a sí mismo.
Este proceso de jidush caracteriza al nuevo kabalista como un baal mejadésh o un portador de una nueva lectura de la historia, la naturaleza y la Toráh. Una lectura que coincide, en ciertos aspectos, con la de la modernidad.[3]
Una historia talmúdica nos ejemplifica este proceso de actualización.
“Cuando Moisés subió a lo alto para recibir la Toráh se encontró al Santo, alabado sea él, sentado tejiendo guirnaldas o coronas para las letras. Entonces habló así ante el Altísimo: Señor del mundo ¿quién te retiene? (lo que significa: ¿Por qué no te bastan las letras tal como son, de forma que les tengas que añadir coronas, esto es, esos pequeños rasgos que se encuentran que se encuentran por encima de algunas letras de los rollos de la Toráh?) Y él contestó: Hay un hombre, que existirá tras muchas generaciones, de nombre Iosef ben Akiba; él será el primero que proclamará un sin fin de doctrinas sobre cada uno de estos pequeños tildes. Rogó: Señor del mundo, muéstramelo. Date la vuelta, contestó el Señor. Y fue y se sentó detrás de la octava fila (de discípulos de Akiba). Pero no entendió nada de lo que explicaba. Entonces decayó su ánimo (es decir, quedó confundido por que no podía seguir las explicaciones de la Toráh que él mismo había entregado). Pero cuando el maestro llegó a un punto en que los discípulos le preguntaron de dónde sabía él aquello, les contestó que era una doctrina entregada a Moisés en el Sinaí. Con esto se tranquilizó su ánimo. Entonces Moisés se volvió al Altísimo, alabado sea, y habló ante él: Señor del mundo, ¿y contando con un hombre así, has entregado la Toráh por medio de mi humilde persona? Él contestó: Calla, así está escrito en mi plan. A lo cual replicó: Señor del mundo, me has mostrado su saber de la Toráh; muéstrame también su recompensa. Y el Señor habló: Vuélvete. Se volvió y vio como se pesaba su carne en el banco de carnicero (su carne fue rasgada por los tormentos del verdugo). Habló delante del Señor: Señor del mundo, ¿esta es la Toráh y esta su recompensa? Pero el Señor contestó: Calla, así está escrito en mi plan”.[4]
UNA NUEVA TRADUCCIÓN DE LA KABALÁH
En este proceso de actualización la traducción de las viejas enseñanzas para el mundo moderno es fundamental. Esto puede ser realizado gracias a que el lenguaje consonántico hebreo es una lengua abierta a variadas interpretaciones. Se dice que Dios reveló la Toráh en 70 lenguas y esto significa que la interpretación de la Toráh es infinita..
Este trabajo de traducción nos aventuramos a llamarlo “transducción”[5]. Es decir, el nuevo sentido debe incluir al viejo, pero sin estancarse en él, proponiendo un significado renovado y actualizado.
Una de las palabras que utilizaremos para ejemplificar proceso de transducción es, nada más y nada menos que, la palabra Israel.
La palabra Israél es el nombre que se le da en la Biblia al patriarca Iakóv luego de haber peleado contra el ángel. Lo que posteriormente se tomó como el nombre de la nación israelita. Veamos que dice la Biblia:
“... en adelante no te llamarás más Iakóv, sino Israél; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.” (Génesis 32: 29).
La interpretación de este pasaje nos arroja luz acerca del sentido de la palabra Israél. “...Por que has luchado (sharita)”, dice el texto bíblico. Es decir, el primer significado es “lucha” en el sentido de tensión, conflicto, frontera entre opuestos. Márgenes y orillas. Israel tiene esta connotación para el mundo, es la lucha entre opuestos.
Pero uno puede confundirse y pensar solo en el aspecto literal histórico de Israél y, de esa manera, reducir el significado a algo simplista y no comprender su esencia ni su verdadero significado. Recordemos que lo literal es sólo una de las lecturas posibles de la Biblia, cuando hay otras 3 más.
Iakov, para luchar con el ángel tiene que cruzar la orilla de un río, la Kabaláh como vimos también es un conocimiento de la orilla entre mundos.
Otra idea que surge del concepto Israél es que todas las palabras hebreas que terminan con el vocablo Él significan Dios e Isra es rectitud, en el sentido de honradez. E israelita puede ser, según la Kabaláh, en hebreo iashír Él, literalmente: lo directo hacia Dios, sin intermediarios. Es decir, la experiencia pura existencial, la lucha contra el ángel de la muerte, según la tradición y en definitiva la lucha contra sí mismo. Para así ser protagonista y vencer las limitaciones de la ilusión.
O sea que en definitiva lo que planteamos es que la palabra israél, al ser un nombre, se relaciona con un estado de conciencia. Que fue expresado en la nación de israél, pero que no exactamente todos los israelitas necesariamente son israelitas en este sentido.
Esto es importante hoy, ya que muchas veces uno dice soy cristiano, por ejemplo, y en realidad ni conoce o no está conectado con el cristianismo, solo dice ser cristiano o judío, nada más que por su ascendencia. Es decir por lo que recibió de la tradición, lo cual tiene una razón especial pero si no vibramos espiritualmente con ello, el vínculo sanguíneo se torna pobre y no alcanza. Lo mismo sucede en todos los planos de la vida. Y esto es así por que hay justamente hay crisis con las tradiciones.
La idea podría ser que israelita significa luchar con el Ángel de la muerte, acceder a una experiencia pura y directa de lo real y vencer sobre uno mismo.
Las antiguas iniciaciones consistían en una transmutación del ser, a través de la cual se transformaba el aprendiz en un iniciado, un ser renacido, un mekubál en términos kabalistas. Este nuevo nacimiento supone entonces un nuevo nombre. Rastros de esto se encuentran en el cambio de nombre de Abraham, el abuelo de Iakóv, en AbrHám, agregando una letra “héi” (H) a su hombre, lo mismo que Iakov por Israél.
Otra idea que nos surge al analizar dicho versículo es que el cambio de nombre entre Iakov e Israél tiene un secreto. En hebreo, el valor del nombre Iakov suma 2, mientras que la palabra Israel nos da como resultado el número 1. Esto es simbólico. El paso de Iakov a Israél en términos de números sería el paso del 2 al 1. De la letra bet a la álef, de la dualidad a la unidad.
Este proceso de transducción o traducción trascendente tiene como característica ser integracionista y conciliador de opuestos.
No en vano elegimos como ejemplo la palabra Israél, ella es la última palabra de la Toráh, por lo tanto representa la finalidad de la existencia de este maravilloso manual de instrucción mística que llamamos Biblia. Recordemos[6] que la primera palabra de la Toráh es bereshít (en principio) y la última Israel, como ya planteamos en el capítulo 2 de este libro, la primera y última letra de la Toráh indican corazón: (LeB). Por consiguiente en el principio y el fin está sintetizado todo el destino humano.
Habíamos dicho que la letra (2), es la dualidad que da entrada al alma en la trama evolutiva de la existencia e Israél es el retorno a la unidad (1).
También[7], abriendo la palabra a nuevas interpretaciones, podemos disponer la palabra Israél en forma de pirámide en una secuencia de letras, veamos el ejemplo:
La suma de todas esta letras de esta pirámide nos da como resultado el número: 1882, lo que es igual a: (1 + 8 + 8 + 2 = 19) y 19 es: 1 + 9, lo cual nos da: 1, otra vez la unidad. Es por eso que esta enseñanzas la llamamos el misterio de la unidad. Unificación, integración, completamiento, interinclusividad, interioridad es la finalidad de toda la Creación.
A modo de ejemplo del estado de conciencia que la Biblia llama Israél hay un texto sumamente revelador y profundo del kabalista holandés Fiedrich Weinreb.
“Israél es en primer lugar, una actitud del hombre.
Se dice que sólo en la tierra de Israél hay profecía, y especialmente cuando el Templo está presente allí en forma visible. Ello significa que sólo quien vive con su vida aquello que se llama Israél, la tierra Prometida –mundo al que se llega después de la liberación de Mitzraim–[8] recibe la revelación durante la marcha por el desierto, desde el mundo de la dualidad, el mundo del máximo desarrollo en la materia, hacia el mundo de la unidad. sólo él recibe las palabras divinas de forma tal que sabe evidentemente que provienen de Dios; y también las entiende así. En aquel mundo se sabe del "bet Ha-Mikdash", el gran Templo, la morada de Dios; se conoce, así como se conoce también el korbán[9], que consiste en acercar, o sea ofrendar, la existencia propia a Dios. Sólo bajo esta situación puede ingresar la palabra Divina en el hombre; y bajo esta misma situación también se puede escuchar la palabra de Dios a Jonás, que es una palabra difícil que tiene muchas consecuencias, consecuencias que llevan muy lejos y que en realidad cuentan la catástrofe al lugar que servirá como exilio, y que uno mismo debe fundarlo nueva y definitivamente. Ese Israél es un país especial. El hombre que vive en Israél no se enferma e incluso es inmortal; en Israél se levantan los muertos y en Israél el hombre no peca. De estas informaciones de la Tradición ya se entiende que no se debe buscar a este Israél solamente en sentido geográfico. En la Tierra de Israél que el mundo conoce, esas cosas no ocurren, pero sin embargo la Tradición las plantea con profunda seriedad, consciente de su indudable presencia y acción. Este país de Israél debe quedar intacto, Dios establece sus fronteras y da los nombres a las divisiones de este territorio. Es todo el mundo el que recibe los nombres de Israél ahora, es toda la vida que aparece de otra manera ahora, con otra estructura, con otras proporciones. Este país debe quedar a salvo, y tanto para defenderlo como para conquistarlo el hombre debe sacrificar todo, debe poner todo al servicio de ese objetivo, ya que la ocupación y la salvación de este país tiene la prioridad. en su vida, el hombre siempre debe estar orientado a salvar ese país.
Si realmente el hombre viviera orientado hacia Dios incondicionalmente, Dios le brindaría a él descanso de los enemigos que pretenden destruir aquel país, pues los enemigos saben que por intermedio de ese país la creación retorna a Dios y que Dios mora en ese país, que está visiblemente presente allí. En ese país toma cuerpo la fuerza opuesta –la fuerza centrípeta– frente a la fuerza centrífuga. así se genera el equilibrio, la armonía entre la izquierda y la derecha, entre el alejarse y el retornar. Y las fuerzas del desarrollo siente cómo se les quita su base, por lo cual odian y temen a aquel país y acechan constantemente para destruirlo, a la vez que sienten en él al gran enemigo, al enemigo eterno. Mientras el mundo siga desarrollándose, o sea hasta el último día de su existencia, verá en ese país al gran enemigo. Establecerse en Israél es hacer "aliáh", ascenso, mientras que salir de allí es descender. La vida del hombre debe orientarse a lograr la realidad de Israél, la realidad de una vida con Dios, de vivir en el camino de Dios. Es una misión de por vida, una actitud profundamente personal.
Ahora, cómo ese planteo se relaciona con estructuras geográficas, es un misterio de Dios y se lo tenemos que dejar a Él”.[10]
Si Israél es una actitud del hombre, quien tenga esa actitud es israelita. Quien haya luchado (sharita) con el ángel, en la otra orilla (ever) adquiere la conexión directa (iashar) con Dios (Él).
En términos kabalistas, las sefirót son también arquetipos bíblicos, en este caso, Iakov pertenece a la sexta esfera del Árbol de la Vida llamada tiféret, mientras que Israél es la décima esfera: máljut. Veamos el gráfico:
Entre estas dos esferas sucede algo especial. Tiféret es el rey y Máljut es la reina o el reino. Cuando el rey se une al reino, es como si se uniera el cielo y la tierra, es como unificar los mundos. Es el corazón que habita la piel.
Cuando Iakov se transforma en Israél, desciende sobre el mundo la presencia divina y el alma completa su viaje.
Es cuando la compasión (Tiféret) desciende al mundo (Máljut) expresando así el in-finito amor divino de kéter, la primera esfera.
Esta enseñanza se encuentra desarrollada en detalle en el libro tercero de esta colección: “Kabaláh y el Árbol de la Vida, el mapa hacia la liberación”, el cual los invito a leerlo.
[1] Martin Buber, Cuentos Jasídicos (4 tomos), Paidos, Buenos Aires, Argentina, 1978.
[2] Zohar I, 205 b.
[3] Marx en la sociología, Freud, desde la psicología, Kafka en la literatura, Scholem, en la historia judía, Benjamín en la filosofía, Derrida en el lenguaje, Adorno en la estética y el arte, entre otros, inauguran este proceso de actualización en la modernidad, proceso que tiene grandes y misteriosos paralelismos con la Kabaláh.
[4] Guerschom Scholem, “Conceptos básicos del judaísmo”, Trotta, Madrid, España, 1998. Tomado del Talmud: Menajot 29 b.
[5] Trans-ducción es una idea que esboza una traducción trascentente.
[6] Capítulo 2 de este libro, El misterio de la unidad.
[7] El mismo ejemplo, pero con la palabra Kabaláh se encuentra en el citado capítulo 2.
[8] Egipto, simbolizado por la esclavitud de la conciencia (no debemos confundir el Egipto histórico con el simbólico).
[9] Sacrifico ritual (ver el libro bíblico del Levítico).
[10] Friedrich Weinreb, El libro de Jonás, Sigal, Buenos Aires, Argentina, 1993.




